El viajero gourmand, Restaurantes, Viajes
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Skina

Me gusta mucho Marbella. Esa afirmación sería casi una obviedad para personas de todo el mundo, pero en mi entorno provoca una polémica con opiniones de todo tipo, A cada uno le gusta lo que quiera, pero a mí el clima, el golf, el cosmopolitismo o la enorme oferta de Marbella me compensan sobre otras cosas como sus playas o sus excesos innecesarios y nada elegantes.  He disfrutado tanto de las cenas en esos lugares pequeños rodeados de vegetación y olor a dama de noche, que siempre estaré enamorado de comer en esa ciudad.

Como muestra baste decir que en Marbella hay tantas estrellas Michelin como en las 8 capitales de Andalucía juntas: 5. Dani Garcia (2), Messina, El Lago y Skina. Y en esta ocasión hablamos de este restaurante que pasa por ser el más pequeño de esta parte del mundo con estrella Michelin. Solo conté una capacidad para unos 14 comensales, aunque tiene un reservado para unas 6 personas, donde cené la primera vez. Disfruté de verdad de la cena.

Ofrecen un menú degustación de lujo, otro de temporada y una comida a la carta. En esta última opción impone esa versión muy europea que te obliga en todo caso a pedir al menos 3 platos, a 110 euros por persona. Los aperitivos de la casa fueron magníficos, destacando una endibia con merluza y una salchicha de ibérico con tomate y aceite de oliva exquisitos. Ambos optamos como primer palto por una gamba roja con nueces de macadamia, curry y blini de coco, que fue sencillamente espectacular. Soy un enamorado de la gamba roja. Me gusta muy poco que la disfracen. Pues en este caso me quité el sombrero. Exquisita.

Lo demás muy bueno aunque de algo menos nivel (arroz cremoso de bacalao, ravioli de berberechos, selección de quesos o postre a base de pistacho). Todo regado con una chardonnay mallorquín aconsejado por el maitre que fue un auténtico descubrimiento, tremendamente suave pero con sabor auténtico a esa uva portentosa.

Fue una cena realmente estupenda, que valió lo que nos cobraron y que me reafirma en mi cariño por una ciudad que encima ofrece algo que para mí es un plato al que debían hacerle un monumento en toda España y en especial en la Costa del Sol: esos espetos de sardinas que midan menos de una cuarta con un buen puñado de sal y un poco curvadas. Manjar de dioses en muchos lugares que se pueden comer pegados al mar y servidos en sillas de plástico, en barra, con mantel o en la hamaca, que es algo que luego puedes pasarte semanadas añorando y que desde luego compensa siempre el viaje.

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